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James Fenimore Cooper: Entre la popularidade y la transformación textual
[James Fenimore Cooper: Between Popularity and Textual Transformation]

Urbano Viñuela Angulo
(Universidad de Oviedo, Spain)

Placed on line at the request of the family of the late Prof. Dr. Urbano Viñuela Angulo©
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Originally published in Livius (Journal of Translation Studies), León, Vol. 4, 1993

Placed on line September 2005

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Si se considera un baremo adecuado el número de traducciones y ediciones de las obras de un autor para poder medir su popularidad en un país determinado, James Fenimore Cooper ha sido un novelista afortunado. Teniendo en cuenta el número total de ediciones de sus obras en español, ocupa claramente el primer lugar por delante de escritores como Edgar Allan Poe o Walt Whitman, por indicar únicamente algunos de los más próximos a él en el tiempo. Pero si se sitúan las versiones al español en un contexto europeo, sobre todo en lo que se refiere al siglo pasado y, en parte, a la primera mitad del actual, el panorama cambia drásticamente. Las traducciones de sus novelas se sucedían unas a otras en distintos países europeos, tal como afirma rotundamente su amigo Samuel Morse en 1833, fecha en que Cooper ha de hacer frente a las mayores críticas de carácter extra literario y con una fuerte motivación política:

I have visited, in Europe, many countries and what I have asserted of the fame of Mr Cooper I assert from personal knowledge. In every city of Europe that I visited the works of Cooper were conspicuously placed in the windows of every bookshop. They are published as soon as he produces them in thirty four different places in Europe. They have been seen by American travellers in the languages of Turkey and Persia, in Constantinople, in Egypt, at Jerusalem, at Ispahan (1).

Inglaterra, Alemania y Francia fueron los países europeos en los que sus primeras obras alcanzaron una mayor difusión. Las traducciones al español y las ventas de sus novelas en España se vieron notablemente reducidas en comparación con los países mencionados y otros del continente europeo. Siguiendo la tendencia común propia del siglo pasado, la versión española no se realizaba directamente del inglés, sino que se utilizaba una edición francesa. De esta forma, el lector recibía un texto que, en muchas ocasiones, había sido manipulado en la versión francesa y que posteriormente solía ser nuevamente modificado al realizar la edición española, circunstancia que se veía agravada por el hecho de que, con cierta frecuencia, las novelas no eran publicadas en ninguna ciudad española, sino en Francia, normalmente en París; este hecho siguió produciéndose al menos hasta principios del presente siglo, dado que, como nos indica John De Lancey Ferguson, "at the present time (1915) the only publisher who carries in stock even a partially complete set of Cooper in Spanish is a Parisian" (2). La penuria en que debían trabajar los traductores agravó aún más la calidad de las obras traducidas.

La primera versión de una novela de Cooper al español correspondo al año 1831, es decir, once años después de que publicase su primera obra en los Estados Unidos. Esta traducción vio la luz en Burdeos y corresponde a El espía. En la primera mitad de esta misma década aparecieron cinco nuevas obras, la mayor parte de ellas publicadas en 1832, el año más prolífico del siglo XIX, debido probablemente a la fama alcanzada por Cooper en Europa y su descubrimiento en España. Las novelas traducidas en ese año son, siguiendo el orden de la publicación en versión original, Los nacimientos del Susquehanna o Los primeros plantadores, El piloto, El último de los mohicanos, La pradera, de la que se realizó una edición en Madrid y otra en París, y una versión de El bravo en 1833, publicada en Barcelona con aclaraciones y notas históricas. Todas estas novelas alcanzaron nuevas versiones o ediciones a lo largo de la década, bien fuera en territorio español o en París. En la segunda mitad de los años treinta y la década siguiente se publicaron ediciones de Lionel Linco1n, a la que se añadió el subtítulo de "El sitio de Boston", El corsario rojo, El puritano de América con el subtítulo de "El valle de Wish ton Wish", que sólo recoge parcialmente el título original de la novela en las tres últimas palabras del subtítulo; El verdugo de Berna, siendo la segunda parte del título una nueva aclaración del escenario de la acción para el público lector español y, finalmente, tres ediciones de Doña Mercedes de Castilla que aparecieron en Cádiz, París y Madrid. La traducción publicada en la primera ciudad lleva añadido el subtítulo de "El viaje a Catay".

Estas primeras traducciones de las novelas de Cooper reflejan ya claramente la tendencia que se seguirá en décadas posteriores. Aunque, como veremos, otras no traducidas en estas fechas aparecerán posteriormente, muchas de las ediciones posteriores corresponderán a los títulos mencionados. Al mismo tiempo, resulta sorprendente, a primera vista, el hecho de que una novela poco conocida y menos apreciada aún por el público lector como Doña Mercedes de Castilla alcanzara el mismo número de ediciones que La pradera y, sobre todo, El último Mohicano, sin lugar a dudas la novela que mayor éxito ha obtenido desde su publicación en 1826. Como explicación a esta insólita situación, que se acentúa en la segunda mitad del siglo XIX al existir tres traducciones de la primera frente a dos de El último mohicano, cabe apuntar que las aventuras y proezas de Cristobal Colón, el centro de la novela, debieron cautivar la imaginación y la mente del público español, que desde los inicios del siglo XIX asistía atónito a la decadencia del imperio y a la pérdida paulatina de las colonias españolas en el continente americano. Una circunstancia que refuerza esta hipótesis es el hecho de que, a lo largo del siglo XX, el porcentaje de traducciones de ambas obras se invierte sensiblemente, existiendo solamente una traducción de Doña Mercedes de Castilla en la segunda mitad del siglo.

A partir de 1850 y hasta finales del siglo XIX se observa un ligero incremento en el número de ediciones; la mayor parte de las obras publicadas aparecieron durante la década de los cincuenta. El fenómeno más interesante es la publicación, por primera vez, de nuevas versiones de las novelas de Cooper. Con respecto al período anteriormente analizado se repiten las mismas obras, con la excepción de El espía, Los plantadores de América y Lionel Lincoln, de las que no existen traducciones correspondientes a estas fechas. Se traduce la primera novela de Cooper, Precaución, junto a dos ediciones de El puritano de América o el valle de Wísh Ton Wísh, una de ellas bajo el título de El colono de América, transformando totalmente, de esta suerte, el título de la versión original; tres ediciones de Doña Mercedes de Castilla, una publicada en México y otra en Madrid, bajo el título de Cristóbal Colón. Finalmente aparecen cuatro nuevas obras de tema marítimo, La bruja del mar, Los dos almirantes, A bordo y en tierra y Los leones marinos. Se publican por primera y única vez, conforme a la documentación reunida hasta la fecha, tres obras de carácter no literario: "Recuerdos de un viaje", "Recuerdos de Inglaterra La casa de Pinder" y "Recuerdos de Inglaterra El campesino inglés", todas ellas en El universo pintoresco, en 1852 53, reminiscencias de su estancia en distintos países europeos. Aparecen, igualmente por primera vez, dos ediciones en folletín, Precauciones o la elección de marido en Las Novedades y Los leones de mar en La Esperanza en 1861 y 1856 respectivamente.

El conjunto de las obras publicadas durante esta segunda mitad del siglo pasado, no obstante el notable incremento de nuevas versiones, sorprende por la ausencia de un criterio preciso a la hora de escoger los textos para su traducción. A título de ejemplo resulta insólito verificar la existencia de tres ediciones de Precaución, la primera novela escrita por Cooper y de escaso valor literario, especialmente si se tiene en cuenta que en una de ellas gozó de la amplia difusión que otorgaban los folletines. Que este hecho pueda obedecer a la tendencia moralizante de la época, puede ser la única razón que explique una circunstancia tan extraña, sobre todo si se tiene en cuenta que no hay ninguna edición de El espía o Los pioneros y tan sólo dos de El último de los mohicanos, y no existe constancia de que haya sido traducida a partir de 1861.

Durante la primera mitad del presente siglo se introducen algunos cambios importantes. En primer lugar, El último mohicano destaca por el número de ediciones, un total de nueve, frente a otras novelas que en ningún caso exceden de cinco. Aparecen por primera vez obras como Los monicacos, una sátira política en forma de alegoría utópica inspirada en Los viajes de Gulliver; El buscador de pistas, El ojo de halcón, traducción libre de El cazador de ciervos y Wyandotte, a la que se añade el subtítulo de "la choza sobre la colina", y asimismo las dos primeras novelas de la trilogía Littlepage, Satanstoe y El agrimensor y finalmente El cráter, que recibe distintas denominaciones en ediciones posteriores tales como Una colina sobre el volcán, El Robinsón del volcán y El Robinsón americano, observándose una clara intención del editor al dejar implícita su posible relación con la obra de Defoe.

En los años siguientes de este siglo se observa una reducción del número de obras traducidas, que quedan limitadas a un total de once, pero que, en su conjunto, obedecen a una selección más lógica, pues, en términos generales, coinciden con sus obras más populares. Esta misma circunstancia se ve ratificada por el número de ediciones que alcanza cada una de ellas, ocupando el primer lugar El último mohicano, que con un total de 45 ediciones es la novela más traducida durante estos últimos años, seguida de El piloto con ocho y El corsario rojo con siete. Asimismo los títulos se atienen a la versión original, observándose muy pocas alteraciones, de las que cabe mencionar la de Ojo de halcón y El cráter que vuelve a aparecer bajo las distintas denominaciones, a las que se añade Sobre el volcán; cambios todos ellos motivados por la necesidad de despertar una gran expectación en el público lector, superior, en todo caso, a la que podía suscitar una traducción literal del título original de la obra. Otro cambio significativo viene dado por el hecho de que en esta segunda mitad del siglo todas las ediciones de las novelas de Cooper se han publicado en España, con la excepción de una versión de El último de los mohicanos aparecida en Buenos Aires, siendo Barcelona el principal centro de publicación, en un lugar muy destacado, con respecto a Madrid.

Al principio aludía al número de traducciones y ediciones como un posible baremo para establecer la popularidad de un autor en un país determinado. Existen otros, naturalmente, y uno de los más importantes es la calidad y la fidelidad al texto original en las distintas traducciones realizadas. Las novelas de Fenimore Cooper traducidas al español se sitúan, en la mayor parte de los casos, en el polo opuesto de ese objetivo ideal, distanciándose de la mayor parte de aquellos escritores norteamericanos que escribieron sus obras en unas fechas próximas a sus años de producción. E. A. Poe, por ejemplo, aunque con un menor volumen de traducciones al español con respecto a Fenimore Cooper, obtuvo desde el principio un trato más serio, tal como nos indica John De Lancey Ferguson:

Poe has from the beginning been taken seriously as a master of literature, more seriously than any other American except perhaps Longfellow and, of late years, Walt Whitman. From his first appearance in the Peninsula to the present day, almost every one of the larger editions of Poe has been launched with a full equipment of critical and biographical introductions (3).

El motivo principal de esta diferencia viene dado por la misma estructura de las novelas de Cooper. Estas están sistemáticamente divididas en dos secciones claramente diferenciadas: la acción y los diálogos por una parte, y los extensos párrafos descriptivos en los que detiene la acción para introducir la información moral o social que considera apropiada junto a la descripción de paisajes, técnica en la que demuestra una depurada maestría. Esta dicotomía textual, que en numerosas ocasiones no está debidamente imbricada, ha convertido a Fenimore Cooper en un autor de novelas de aventuras basadas en una acción trepidante que con frecuencia las sitúa en lo inverosímil, tal como pone de manifiesto Mark Twain en su ensayo "Fenimore Cooper's literary offenses". Por todo ello la difusión y lectura de su obra ha quedado reducida, en la mayor parte de los casos, a un público lector infantil y sobre todo juvenil. El riesgo y el peligro continuo que han de afrontar los personajes de Cooper en circunstancias extremas son elementos que cautivan la imaginación de ese tipo de lectores.

Pero esta transformación del texto original supone su mutilación. Las novelas de Cooper son todas ellas muy extensas, teniendo un promedio de cuatrocientas a quinientas páginas, gran parte de ellas formadas por largos párrafos descriptivos carentes de interés para un público juvenil. Esta circunstancia obliga a continuas adaptaciones del texto original, que reducen la obra a poco más de lo que es estrictamente la acción y el diálogo, resultando al final que todo parecido con la realidad textual del primer texto resulta prácticamente irreconocible con bastante frecuencia. La mayor parte de las versiones de sus novelas al español obedecen a este esquema. A título de ejemplo, y sin entrar en un análisis detallado del texto traducido, consideremos por un momento la traducción de El último mohicano editado por Bruguera en 1980. El texto original consta de treinta y tres capítulos y un total de cuatrocientas quince páginas. La versión española mantiene el número de capítulos, circunstancia que no suele producirse en la mayor parte de las traducciones, en las que el conjunto del texto se distribuye según la conveniencia del traductor, con un número total de páginas de ciento setenta y seis, de las cuales el cincuenta por ciento son ilustraciones. Como fácilmente se puede deducir la transformación del texto es radical. Se prescinde totalmente, en la mayor parte de los casos, de los párrafos descriptivos, reduciéndolos drásticamente en aquellas ocasiones en que se recoge alguna referencia a los mismos. Un buen ejemplo es el comienzo del capítulo tercero, en el que se suprime completamente el primer párrafo, se reduce el segundo de diecisiete a dos líneas y el tercero pasa de veintiocho a cuatro. Los diálogos tampoco responden a una traducción literal e íntegra, sino que son adaptaciones en las que se recoge la idea del texto original e incluso las situaciones en que tienen lugar los hechos se ven transformadas. Todos estos cambios obligan al traductor a utilizar frases de enlace que no existen en la edición inglesa para poder mantener la coherencia dentro del texto traducido con el fin de que resulte inteligible para el futuro lector. Finalmente se suprimen los párrafos intercalados en los diálogos, un recurso utilizado con mucha frecuencia por Cooper, por lo que desaparecen completamente todos los matices y modulaciones referentes al tono, estado de ánimo del personaje, frases de doble sentido, etc.

Aunque la mayor parte de las traducciones de Cooper al español obedecen a este esquema en mayor o menor medida, existen, aunque sean las menos, algunas versiones de sus novelas que son dignas de tal denominación. Haré referencia únicamente a dos. La primera es la versión de Los dos almirantes realizada por el capitán Patricio Montojo en 1882. Las novelas marinas de Cooper ofrecen una dificultad complementaria a lo anteriormente comentado: el lenguaje técnico específico de la mar. Montojo realiza una excelente traducción, acompañando el texto traducido de numerosas notas a pie de página, en las que explica las dificultades que entraña la traducción de algunos términos o algunos aspectos técnicos concretos, al mismo tiempo que corrige algunos errores del autor. El último mohicano, editado por Narcea en 1973, es un ejemplo de similares características. El texto, tomado de la edición de Edaf de 1964, representa una versión integra de la obra original, muy cuidada y fidedigna; aunque se puedan apreciar algunos errores en la traducción de ciertos términos, todo ello queda diluido por el esfuerzo de la labor realizada, especialmente si se compara con la mayor parte de las versiones al español. El estudio, las notas y los tres comentarios de texto realizados por José María Bardavío completan brillantemente la labor del traductor.

NOTAS

1. Thomas R. Lounsbury (1968), James Fenimore Cooper. Detroit: Gale Research Company, Book Tower, pp. 76 77.

2. John de Lancey Ferguson (1916), American Literature in Spain. New York: Columbia Univ. Press, p. 39.

3. Op. cit., p. 32.

TRADUCCIONES AL ESPAÑOL DE LAS OBRAS DE JAMES FENIMORE COOPER

[I notice a few editions mentioned in the text but not listed here -- H.C. MacDougall]